Recebido
em: 15/05/2025
Aprovado
em: 04/07/2025
Publicado
em: 18/07/2025
LA LITERATURA COMO UN JARDÍN DONDE FLORECE LA DEMOCRACIA:
un encuentro con los ecos oraculares de la brujería[5]
LITERATURE AS A
GARDEN WHERE DEMOCRACY FLOURISHES: an encounter with the oracular echoes of
witchcraft
LITERATURO KIEL ĜARDENO
KIE DEMOKRATIO PROSPERAS: renkonto kun la orakolaj eĥoj de sorĉado
Bryan Steven
Londoño Jiménez[7]
David Esteven
Sepúlveda Gulfo[8]
Resumen
Este artículo analiza, desde una
perspectiva hermenéutica, la experiencia formativa del Semillero en Literatura
y Brujería. En este espacio pedagógico, la literatura se reconoce como
territorio sociocultural enriquecido por el sentido estético del lenguaje en
diálogo con saberes ancestrales y filosóficos. La investigación examina tanto
las narrativas oraculares emergentes del encuentro entre literatura y brujería,
como su relación con los pensamientos decoloniales y sistemas simbólicos que
replantean las prácticas pedagógicas convencionales. Desde este enfoque, la
palabra se concibe como semilla que, en el territorio literario, inicia un
recorrido por las profundidades dialécticas de la narrativa hasta manifestarse
en la imagen de un jardín donde florecen prácticas formativas
vinculadas al cuidado, la memoria y el cultivo de la vida. Se interpreta
el ritual oracular de la brujería a través de la experiencia literaria como un
tejido de significados que incorpora expresiones vitales históricamente
marginadas. Esta travesía educativa invita a experiencias de aprendizaje
basadas en la alteridad, proponiendo que solo desde el reconocimiento auténtico
de la otredad es posible construir un mundo democráticamente habitable. Así, en
un horizonte de pluralidades educativas, esta experiencia se propone afirmar
que investigar también implica sembrar, cuidar y abrir espacios para que lo
invisibilizado emerja como forma de resistencia y reconstrucción poética de la
realidad.
Palabras clave:
Pedagogía simbólica. Literatura. Brujería. Saberes oraculares. Epistemologías
decoloniales. Lenguaje como territorio.
Abstract
This article examines, from a
hermeneutic perspective, the formative experience of the Literature and
Witchcraft Research Group. In this pedagogical space, literature is understood
as a sociocultural domain enriched by the aesthetic dimension of language,
engaging in dialogue with ancestral and philosophical knowledge. This
perspective goes beyond the oracular narratives that emerge from the
intersection of literature and witchcraft, exploring their relationship with
decolonial thought and symbolic systems that challenge conventional pedagogical
practices. Here, language is conceived as a seed that, within the literary
domain, embarks on a journey through the dialectical depths of narrative,
ultimately manifesting as a garden where educational practices related to care,
memory, and the cultivation of life flourish. The oracular ritual of witchcraft
is interpreted through the literary experience as a woven tapestry of meanings
that integrates vital expressions historically marginalized. This educational
journey promotes learning experiences grounded in alterity, suggesting that
only through the authentic recognition of otherness can a democratically
inhabitable world be constructed. Within this horizon of educational pluralism,
this experience asserts that research also involves sowing, nurturing, and
creating spaces for the invisible to emerge as a form of resistance and poetic
reconstruction of reality.
Keywords:
Symbolic Pedagogy. Literature. Witchcraft. Oracular Knowledge. Decolonial Epistemologies.
Language as Territory.
Resumo
Ĉi tiu artikolo analizas, el
hermeneŭtika perspektivo, la forman sperton de Semillero en Literaturo kaj
Brujería. En ĉi tiu pedagogia spaco, literaturo estas agnoskita kiel
socikultura teritorio riĉigita per la estetika sento de lingvo en dialogo kun
praula kaj filozofia scio. El ĉi tiu perspektivo, krom la orakolaj rakontoj
aperantaj el la renkonto inter literaturo kaj sorĉado, kiel ilia rilato kun
malkoloniaj pensoj kaj simbolaj sistemoj, kiuj replantas konvenciajn
pedagogiajn praktikojn. El ĉi tiu aliro, la vorto estas konceptita kiel ŝajno,
kiu, en la literatura teritorio, komencas vojaĝon tra la dialektikaj profundoj
de la rakonto por manifestiĝi en la bildo de ĝardeno, kie prosperas formaj
praktikoj ligitaj al zorgado, memoro kaj kultivado de la vivo. La orakola rito
de sorĉado estas interpretata per literatura sperto kiel ŝtofo de signifoj, kiu
enkorpigas historie marĝenigitajn esencajn esprimojn. Ĉi tiu eduka vojaĝo
invitas lernajn spertojn bazitajn sur alieco, proponante ke nur el la aŭtentika
rekono de malnovaj tempoj eblas konstrui demokratie loĝeblan mondon. Tial, ene
de horizonto de edukaj plurecoj, ĉi tiu sperto proponas aserti ke esplori ankaŭ
implicas memori, zorgi kaj malfermi spacojn por ke la nevidebla aperu kiel
formo de rezisto kaj poezia rekonstruo de la realeco.
Ŝlosilvortoj: Simbola pedagogio. Literaturo. Brujería.
Orakola scio. Malkoloniaj epistemologioj. Lingvo kiel teritorio.
INTRODUCCIÓN
La literatura,
como jardín simbólico, cultiva en sus surcos las semillas de lo inacabado, lo
interrumpido y lo silenciado. En este terreno fértil, germinan voces que han
sido históricamente marginadas por los relatos hegemónicos, y entre ellas
resuenan con particular fuerza los ecos oraculares de la brujería. Este
artículo propone un recorrido por ese jardín narrativo donde la palabra escrita
se transforma en conjuro, la metáfora en varita mágica, y el acto de leer en
una forma de resistencia ontológica y pedagógica.
Así, el
Semillero en Literatura y Brujería, no solo como una experiencia formativa y
reflexiva que se inscribe en la encrucijada entre investigación, poética y
pedagogía simbólica, que ha devenido en un taller donde se cultivan prácticas
de lectura, escritura y conversación como rituales que permiten abrir la
pregunta por el sentido, el saber y el ser, sino también como un taller de
imaginación política donde lo ancestral y lo literario se fusionan, de manera
artesanal, para cuestionar las jerarquías del saber vinculando, como señala
Walsh (2017), “las pedagogías decoloniales son prácticas insurgentes de
(re)existir” (p. 29).
La perspectiva
hermenéutica que orienta esta investigación se fundamenta en una genealogía
crítica que entrelaza la propuesta filosófica de María Zambrano con su razón
poética en valoración de lo intuitivo y lo inacabado, el habitar poético del
lenguaje planteado por Martín Heidegger para quien el lenguaje es morada del
ser y no mero instrumento, la sabiduría artesanal de Richard Sennett que
reivindica el conocimiento encarnado en el hacer, y los arquetipos femeninos
salvajes recuperados por Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos¸
todos estos referentes como textualidades que permiten recuperar las figuras
que desafían la racionalidad patriarcal. El tratamiento de estas fuentes
argumentativas, permiten reconocer que los saberes ancestrales, lejos de ser
ajenos al proyecto decolonial, dialogan críticamente con él.
Tanto la
reivindicación de Zambrano por lo marginalmente humano, como la crítica
heideggeriana al instrumentalismo moderno, así como el llamado de Sennett a una
ética del cuidado en el trabajo, y la recuperación estésiana de lo femenino
salvaje, convergen con las epistemologías decoloniales que, como señala Walsh
(2017) en clave pedagógica, son entendidas en una dimensión que trasciende las
formas de existencia hegemónica, lo cual resuena con la propuesta del
Semillero, al ser un espacio que, bajo la experiencia del taller, piensa de
manera sensible otras metáforas para habitar el mundo. Así, esta constelación
teórica no solo cuestiona las jerarquías del conocimiento occidental, sino que
abre espacio a literaturas no canónicas, voces encarnadas y sistemas simbólicos
históricamente desplazados por el epistemicidio colonial.
En este
sentido, la literatura se concibe como un territorio de semillas democráticas
en las que convergen lenguas heridas, relatos fragmentados y memorias
colectivas que buscan sanar, en suma, un espacio alfabético en el que se
integran las voces múltiples y lenguajes fragmentados que encuentran refugio en
la composición estética en la experiencia ritual para transformarse en
expresiones vitales.
Desde esta
perspectiva, la brujería emerge como un lenguaje de resistencia que, a través
de lo simbólico, interroga las estructuras coloniales, sembrando alternativas
para una democracia radicalmente inclusiva. En esta espacialidad vital, la
escritura no se impone como técnica, sino que emerge como un acto
contemplativo, una forma de vínculo con lo invisible, y una vía para interrogar
los fundamentos epistémicos que han deslegitimado saberes ancestrales y
femeninos, aquellos ligados a la intuición, al cuerpo, a la escucha y al
misterio.
Bajo
esta mirada, la brujería es leída no como superstición ni como folklore, sino
como una tradición simbólica que, a través del conjuro, la metáfora y el rito,
preserva una memoria de saberes vitales. Esta forma de conocimiento, inscrita
en la vida cotidiana y en los imaginarios colectivos, representa un gesto de
resistencia epistémica que interpela las estructuras normativas del saber
moderno. Así, este trabajo es también un acto de restitución que invita a
escuchar las voces ocultas, atender a sus susurros y entrever en sus silencios
los contornos de otros sentidos de existencia. Se trata, así, de un viaje por
las profundidades de los textos y los cuerpos, siguiendo la sutileza de la
pluma hermenéutica para recordarnos que investigar también es conjurar, y que
escribir constituye una manera de sembrar mundos posibles.
En
virtud de lo anterior, se defiende la idea de una investigación donde el
indagar; también es sembrar, cuidar y dejar germinar lo que ha sido negado.
Investigar para hacer de la escritura un testimonio de los hallazgos
oraculares, escribir es un gesto oracular que se afina con la ligereza de
Hermes, esa pluma que, al rozar el lenguaje, abre portales hacia lo invisible.
Este artículo, como semilla sembrada en el jardín literario, busca ofrecer un
tributo a las pedagogías del misterio y del cuidado, y una invitación a habitar
la palabra como territorio en el que pueda florecer la democracia sensible del
lenguaje compartido.
APERTURA DEL TEMA
La palabra como semilla: fundamentos hermenéuticos del
preguntar
Preguntar es sembrar. Es poner la semilla en el
lugar perfecto de la profundidad que hace posible el brote, pues hay niveles de
la profundidad donde la pregunta se arriesga a la superficialidad de su
manifestación reflexiva, o a la interioridad donde el silencio se aquieta en la
estación de un afuera donde se habita el refugio de lo innombrable. Preguntar
es sembrar para explorar el milagro de la flor (Zambrano, 2009) en la palabra
de cuyos aromas y colores puede experimentarse el baile de la vida; el
movimiento leve de la lozanía hacia el marchitamiento y de la fortaleza hacia
su deterioro; el movimiento de la idea hacia sus posibilidades y de la causa
hacia sus efectos; el movimiento de la noche al amanecer, de la oscuridad hacia
la luz; de lo seco a lo húmedo, de la potencia al acto y a sus múltiples
tonalidades esperando encontrar la palabra que cuenta el origen.
En esta originalidad vital donde la palabra es
semilla en el acto de petición de un mensaje que se convierte en pregunta, se
define el encuentro heráldico dentro de una didáctica de la palabra estética en
viaje por la profundidad de un territorio que atesora el oráculo de la belleza.
Así lo intuyó Zambrano cuando habló del pensamiento que nace de la profundidad
sensible donde la semilla se anida en la literatura y se cultiva en la razón
poética. Desde ese palpitar estético, la semilla brota como palabra hacia un
gesto de escucha de lo que aún no tiene forma (Zambrano, 2009).
En esa apertura hacia lo inacabado, la palabra, al
ser semilla, no se comprende como una definición ni como un resultado, sino
como una posibilidad que transita fluidamente en un movimiento sin límites ni
obstáculos; un viaje que recuerda la libertad de lo profundo como un
elevamiento espiritual que nos conduce con la ligereza de la pluma (Vásquez,
2017), es decir, con el fundamento hermenéutico que trasciende todo lastre de colonialidad
o avasallamiento reflexivo; es el viaje por el afuera de una interioridad que
no le teme a la sombra como duplicidad humana que logra escuchar la palabra
contenida (Foucault, 1987).
Esta perspectiva, radicalmente distinta del
conocimiento cerrado o clausurado, sostiene la experiencia formativa del
Semillero en Literatura y Brujería, donde el preguntar no
busca dominar o colonizar con el hallazgo y la imposición de una
respuesta, sino habitar los sentidos que se disponen al maravilloso riesgo de la
travesía reflexiva.
Heidegger también nos recuerda que el lenguaje, al
ser la casa del ser, no pasa por la idea de ser un instrumento para nombrar el
mundo, sino el hogar en el que moramos junto a lo que nos constituye; la casa
en la que podemos permanecer con la puerta abierta para que la vida no sea
condenada a una imagen caricaturizada por la idea de la permanencia (Heidegger,
2009). En esta casa expuesta a la permanente renovación como tautología
dialéctica, las palabras no se imponen, se reciben, se cuidan, se cultivan. De
ahí que este semillero haya elegido trabajar con la imagen del taller, no como
un espacio técnico, sino como una forma de artesanía interior. Siguiendo a
Sennett (2019), el trabajo artesanal es aquel que se realiza con atención amorosa
al proceso, que no separa la mente de la mano ni la idea de la materia (p. 21).
La figura del maestro artesano, entonces, encarna un saber que se comparte y se
comunica no por imposición, sino por presencia, por gesto, por ejemplo y
convicción.
En este precedente, la figura de Hermes, el
mensajero ligero de sandalias aladas deviene estrategia hermenéutica. Su pluma
no pesa, pero deja huella; su palabra no sentencia, pero transforma. La
escritura, así entendida, no es un acto de cierre, sino de apertura. Escribir
desde este símbolo en la ligereza de la pluma (Vásquez, 2017) que es capaz de
moverse por el camino escarpado, brumoso y sombrío, significa asumir la
brujería, lejos de su impronta colonial de maldad y perjuicio, desde la magia
literaria que permite entrar en el territorio simbólico donde el lenguaje
conjura en lugar de definir, y donde la escoba, como la varita mágica y demás
alegorías que fungen como tecnologías ancestrales, son despliegues artesanales
y simbólicos de esa pluma que devine como palabra del afuera dentro de la
intimidad del bosque y sus más enigmáticas manifestaciones.
Así, la pluma como genealogía de la escoba y la
varita mágica, así como emblema del soplo, del canto, del conjuro, del susurro
y demás evocaciones ceremoniales, no es solo una materialidad en expansión
lingüística, es también un portal de los vuelos nocturnos que encuentran el
horizonte del amanecer en medio de la noche y su paisaje de sombras. Contar
estas travesías es evocar la magia del árbol, de la madera, es convertir en
artesanía ese portal para que la diversidad lingüística acontezca en la escoba
que limpia mientras vuela por el misterio de la búsqueda mística, y la varita
que indica mediante conjugaciones de palabras remotas, sabias y encriptadas. No
se trata de imaginarios folclóricos, sino dispositivos de desplazamiento
epistemológico que ponen en diálogo los saberes y en retorno a su origen
interrogativo. La escoba barre las certezas y la varita señala lo invisible.
Ambas permiten, gracias al ritmo suave de la pluma, transitar otras formas de
conocimiento, que además cuentan con una comprobada eficacia simbólica.
En este jardín de sentido, la literatura se vuelve
acto de siembra epistemológica, en el cual no solamente reposa la palabra como
posibilidad estética, sino también como memoria ética y vigencia política
frente a lo que significa legal y legítimamente la experiencia espiritual y su
libertad de rito. Por eso, como lo
indica Lispector en Cerca del corazón salvaje, el lenguaje más potente no es el
que más explica, sino el que se arriesga a sentir y volver a nombrar la
libertad como un deseo por el tiempo y el espacio en la ritualidad de la pausa;
un deseo arrojado a la eternidad y al vacío; un deseo que desborda los límites
de lo decible para dar lugar a lo que apenas comienza a nacer (Lispector,
1977). En el semillero, esta alusión ha resonado como un llamado a escribir
desde lo innombrado, desde el margen, las orillas, las grietas y las
bifurcaciones, es decir, desde ese corazón salvaje donde florece la palabra que
aún no ha sido domesticada ni rentabilizada por la sociedad del cansancio
(Byung-Chul Han, 2012).
En este sentido, acariciar la palabra también supone
el ritual sereno del taller para concebir la artesanía pedagógica y estética
del cuidado; la imagen y su metáfora de guarida, de cueva, de hogar donde las
palabras se calientan en la hoguera de la belleza y los saberes y sabores que
se alojan en el paladar en experiencia de la palabra dulce.
En este rumbo, el Semillero en Literatura y Brujería
ha tomado forma como un taller, no en su acepción utilitaria ni mecánica, sino
como espacio ritual donde la práctica investigativa se vuelve un acto de
cuidado, escucha y presencia. En este taller, escribir no es una tarea técnica,
sino una ceremonia; una forma de tejer sentido con hilos simbólicos y
afectivos. El trabajo con las palabras no busca
producir verdades, sino habitar preguntas, abrir grietas en el sentido,
conjurar memorias que trascienden la linealidad académica tradicional.
Sennett, al reflexionar sobre el maestro artesano,
nos ofrece una imagen preponderante, la del saber que se comunica a través del
cuerpo, del ritmo, de la repetición amorosa que transforma tanto al objeto como
a la subjetividad en experiencia (Sennett, 2009, p. 87). Este taller ha sido
esa escena que hace de la actuación una manifestación donde el conocimiento no
se inscribe en una fórmula o una técnica para investigar, sino que se cultiva
como un viaje para evocar, un sendero pedagógico que dialoga con la didáctica
de las manos sobre la tierra simbólica de la literatura; una didáctica
literaria desde el sentir y pasar las páginas en un encuentro de líneas que se
interpretan de manera mutua en un ejercicio viajero del leer y el escribir con
los ojos atentos a los signos, con los cuerpos reunidos en la complicidad de la
búsqueda.
La escoba y la varita mágica, artesanías evocadas en
las sesiones del semillero, no han sido tomadas como elementos decorativos,
sino como símbolos de una episteme encarnada. La escoba, al barrer los márgenes,
invita a limpiar los prejuicios, a desanudar los fundamentalismos, a hacer
espacio para lo que ha sido marginado o desechado por la razón hegemónica. La
varita, por su parte, señala y nombra, pero no desde la autoridad de la
doctrina, sino desde la apertura del asombro, desde una pedagogía de la
evocación donde la palabra mágica se encuentra con los saberes ocultos.
En este escenario de prácticas pedagógicas
reivindicativas de la magia, la ligereza de la pluma ha sido un emblema:
escribir no como quien sentencia, sino como quien deja marcas livianas, rastros
que puedan ser seguidos o perdidos, pero que invitan
siempre al movimiento (Vásquez, 2017). Esta ligereza no es superficialidad,
sino profundidad que se niega a la rigidez. Es, como diría Zambrano, una forma
de regreso a la casa del ser, un viaje a Las palabras del retorno (2009), al
lenguaje como morada en la que el pensar y el sentir pueden abrazarse sin temor
(p. 103).
El taller, así entendido, no forma
subjetividades repetidoras de teorías, es una experiencia en las pluralidades
educativas que invitan a cultivar sentido, a sembrar símbolos; subjetividades
tejedoras de diversidades lingüísticas integradas con la pretensión de recordar
la universalidad de la libertad, la dignidad y la justicia. En su ritualidad
compartida, este espacio ha devuelto al acto pedagógico su dimensión sagrada,
su capacidad de convocar lo invisible, lo arcaico, lo porvenir. Aquí, la
literatura ha sido brújula y hechizo, fuego y espejo, alimento y conjuro.
Brujería, símbolo y ethos de la
imaginación
La brujería ha sido atravesada por el diseño de una
semántica del pecado, la culpa, la acusación y el castigo. como una forma de
colonizar los saberes de la naturaleza que han pasado, a la luz de este
criterio de satanización, a una experiencia históricamente estigmatizada como
herejía, desviación o amenaza. Sin embargo, desde una perspectiva genealógica,
simbólica y pedagógica, puede leerse como una forma de conocimiento ancestral
que entrelaza el cuerpo y el mundo a la manera de una textualidad simbólica de
profunda carga epistémica, estética, ética y política. Su potencia no radica en
el exotismo, sino en su capacidad para desafiar los marcos racionales
hegemónicos, los binarismos civilizatorios y las taxonomías del saber moderno.
En el semillero, la brujería ha sido acogida, en honor a su genealogía de
conexión con la naturaleza, como una forma de imaginación radical, una que
permite pensar, sentir y actuar desde otras coordenadas, una que devuelve al
conocimiento su carácter encarnado, intuitivo y vinculado a la defensa de la
vida.
Este entrelazamiento ha sido central en el Semillero
en Literatura y Brujería, que ha indagado en la figura de la bruja no como
caricatura folclórica ni como emblema de lo maligno, sino como símbolo de una
subjetividad libre, erótica, pensante, cuidadora y transformadora. Siguiendo el
gesto de Clarissa Pinkola (2022) en Mujeres que corren con los lobos, hemos
leído a la bruja como una mujer que conoce el lenguaje de las raíces, que
escucha los sueños, que descifra símbolos y los transforma en relatos. Una
mujer que cultiva la palabra como medicina.
Desde esta perspectiva, el semillero ha explorado
textos literarios y filosóficos en los que la figura de la bruja revela no un
desvío de la razón, sino un retorno a otras formas de razón: a una racionalidad
simbólica, relacional y afectiva. Brujería, en este sentido, alude a una
nominación que trae la memoria de una poética del dolor desde la acusación que
expone al miedo a las subjetividades libres de los estereotipos que se imponen
para la funcionalidad de sociedades dóciles. Por ello, indagar por la historia de la brujería supone el encuentro con una memoria
para reivindicar las pedagogías de la intuición, la escucha, la comunión con
los ritmos naturales y la apertura al misterio. No se trata de oponer razón y
magia, sino de cuestionar la lógica binaria que ha separado cuerpo y mente,
naturaleza y cultura, palabra y silencio.
En los encuentros del semillero, esta lectura se ha
encarnado en prácticas como el tarot literario, las constelaciones simbólicas y
los rituales de escritura. Estas no son dinámicas decorativas ni ejercicios de
autoayuda, sino formas de reinscribir la imaginación en el corazón de la
experiencia educativa. Al leer el tarot desde una postura literaria, por
ejemplo, no buscamos adivinar el futuro, sino leer el presente como un texto
abierto, como un campo de posibilidades que se despliega en símbolos y
narrativas de profunda fertilidad pedagógica. Así, el arcano no es una figura
esotérica cerrada, sino una metáfora viva que se deja interpretar y encarnar
como subjetividad en travesía interrogativa.
A través de estas prácticas, el semillero ha
propuesto una pedagogía del símbolo, una didáctica de la evocación y una ética
de la imaginación. Ética, porque imaginar no es escapar del mundo, sino
comprometerse con él desde otros lenguajes; desde la sensibilidad, la alteridad
y la belleza. Imaginación no como huida, sino como potencia política, como
gesto de libertad. La bruja, en esta perspectiva, no es solo un personaje
literario, sino una figura filosófica, aquella que se atreve a pensar de otro
modo, a sentir desde otras latitudes, a vivir en otras temporalidades. Por eso
su cuerpo fue nombrado y perseguido como emisaria del inframundo, su palabra
fue silenciada y su saber demonizado.
En el presente, al recuperar esta figura desde la
literatura, reabrimos caminos de subjetivación donde el deseo, el conocimiento
y la creatividad puedan articularse sin miedo. El semillero ha sido ese espacio
de reexistencia simbólica; una guarida donde las palabras no se imputan, sino
que se invocan; un caldero donde la experiencia académica se mezcla con el
arte, el mito y la memoria. En cada sesión, al encender una vela o al elegir un
texto, no pretendemos al acercamiento a rituales mágicos en el sentido
tradicional, sino actos de atención, cuidado y escucha profunda: pedagogías
silenciosas que devuelven al lenguaje su capacidad de transformación. Así lo
recuerda Freire (1970) cuando alude a la palabra compartida como un gesto
democrático que puede llegar, en palabras de Butler (2006) a desestabilizar
normatividades que pretenden configurar cuerpos y subjetividades.
Al tejer estos saberes con nuestras propias
experiencias, hemos habitado otras formas de enunciación. Hemos escrito como
quienes conjuran, hemos leído como quienes invocan, hemos pensado como quienes
danzan con las sombras. Así, la brujería ha dejado de ser un concepto externo
para convertirse en una práctica interior: un ethos, una forma de estar en el mundo
con los sentidos desplegados, con el corazón atento, con la palabra encarnada.
En este territorio de indagación y experiencia, la
inspiración acontece como un aliento femenino que moviliza el poder del
instinto y la intuición. Con Mujeres que corren con los lobos, las sesiones del
semillero han abierto un camino para recuperar las narrativas oraculares, los
mitos, los cuentos y las prácticas de sanación que han sido históricamente
silenciadas. Cada relato trabajado: desde los cuentos de la tradición oral
hasta las reescrituras contemporáneas, ha permitido acceder a una cartografía
de símbolos en la que las voces femeninas no son objetos pasivos de saber, sino
portadoras de una sabiduría arcaica, intuitiva y de resistencia (Federici,
2020, p. 241).
La bruja aparece, entonces, como figura que
interrumpe y transforma. No se adapta; transforma los sentidos y desborda los
moldes. Su práctica, ligada a la naturaleza, a lo cíclico, a la palabra y al
silencio, revela otra forma de comprender el ethos vital, no como ejercicio de
actuación vertical, sino como cuidado del común, como alquimia relacional, como
gesto del vínculo.
Este ethos vital encuentra un paralelo en figuras
históricas como María de Nazareth quien, más allá de su representación
religiosa institucionalizada, encarna un poder femenino silenciado que
comunica, a través de su maternidad por fuera de los mandatos patriarcales y su cuerpo como un
oráculo que trae el mensaje del amor incondicional, una travesía de fuga que la
convierte en víctima de la espada que atravesó su alma y, con ello, en potadora
de un significado que expone la violencia epistémica ejercida contra aquellos
seres que, como las brujas, encarnan saberes vinculados a la naturaleza y, por
ende, disruptivos (Federici, 2020). Esta historia,
reinterpretada místicamente, evidencia las maneras como se ha intentado
suavizar el poder femenino, mediante el dogma y su permanencia en el tiempo. No
obstante, también permanece su sentido como resistencia simbólica. En esta línea, las prácticas oraculares no son supersticiones,
sino formas simbólicas de acceder a un saber que nace del entre, del umbral,
del cruce entre mundos.
Desde una mirada decolonial, reivindicar estos
saberes es también una forma de resistencia epistémica (Walsh, 2017), en tanto
se encarna una lógica distinta de la del orden jerarquizante, acumulativo y
separatista (Segato, 2018); se asume un tejido en el que se heredan y se
susurran otras maneras de contemplar y consentir la vida. En ese susurro, la
palabra adquiere su fuerza más radical, no la de la
declaración, sino la del conjuro que, en la ligereza de la pluma, vuelve al
soplo y a la sutileza del aliento (Anzaldúa, 2016).
Así, el semillero ha propiciado un espacio para la
ética de la imaginación, un gesto que no se limita a representar el mundo, sino
que lo reinventa simbólicamente. La literatura ha sido el territorio
privilegiado para esa reinvención. A través de ella, las voces acalladas
encuentran cauce, las lenguas marginadas encuentran resonancia, los paisajes
nocturnos y sus prácticas de invocación de lo invisibilizado, encuentran formas
de narrarse. En esas escenas, la palabra escrita se convierte en memoria de
reparación y siembra.
Pluralidades educativas y lenguaje
como territorio
En el Semillero en Literatura y Brujería, la
relación con el lenguaje ha sido comprendida no como una habilidad
instrumental, sino como una forma de habitar el mundo. Esta relación se
materializa en prácticas como el rescate de figuras históricas marginadas
dentro de un acto de reparación simbólica en el que cada palabra y cada
metáfora ha sido una puerta hacia una geografía de sentidos que permite pensar
el lenguaje estético como territorio, y no solo como código.
En este sentido, la experiencia formativa del
semillero se ha inscrito en la apuesta por las pluralidades educativas y
lingüísticas, reconociendo que no hay un solo camino para conocer, ni una sola
lengua para decir la vida; es una travesía para integrar, para incluir lo que
ha sido excluido, separado, estigmatizado, señalado, perseguido e
invisibilizado. De ahí que, el sentido colectivo que cuida de la semilla
indique la reivindicación de la vida frente a la necropolítica que se concede
la autoridad de decidir quién vive y quién muere (Mbembe, 2003).
La brujería, entonces, como figura simbólica, ha
posibilitado un descentramiento epistémico. Nos ha llevado a escuchar las voces
que han sido históricamente excluidas del canon: mujeres, pueblos originarios,
comunidades afro, personas disidentes, narradoras marginales, lenguas desplazadas.
En esta escucha, el lenguaje ha dejado de ser un medio para volverse un
paisaje, un espacio por el que se camina, se recorre, se cuida y también se
transforma la vida. Aquí, la propuesta de Bachelard sobre la poética del
espacio (1958) se hace presente, como él lo plantea, el espacio no es solo un
contexto físico, sino un mundo de imágenes, recuerdos y significados, un lugar
donde los seres se encuentran con su propia posibilidad de ser. El lenguaje,
entonces, se convierte en un puente para llegar y habitar esos espacios que
evocan la memoria y la identidad en un sentido profundo y multifacético.
Desde esta perspectiva, la literatura se vuelve un
jardín donde florecen las múltiples formas del decir. Como señala Bell Hooks,
(1994) enseñar es un acto de libertad, y en ese acto la palabra es semilla de
transformación. En los encuentros del semillero, esta enseñanza ha sido asumida
como una práctica amorosa del cuidado, del reconocimiento mutuo, de la creación
colectiva. El jardín no es una metáfora decorativa, sino una política del
cuidado donde cada flor, cada palabra, cada silencio es cultivado en comunidad.
Así encarnado y expresado, la inclusión y la
interculturalidad, lejos de ser consignas administrativas, se han vivenciado en
las prácticas simbólicas del semillero como búsquedas ontológicas: ¿qué
significa incluir una voz? ¿Cómo se habita una lengua sin colonizarla? ¿Cómo se
reconoce lo otredad sin absorberla? En estas preguntas, el lenguaje se revela
como un campo de tensiones y posibilidades, un territorio donde se juegan las
disputas por el sentido y la existencia.
Lispector (1977), sugiere escuchar el rugido de la
libertad como un mensaje cuyo sentido se desenvuelve del nudo de la invención y
el derecho a fantasear. Esta verdad
inventada es la que el semillero ha cultivado como una verdad poética,
encarnada, mística, abierta. Una verdad que no clausura,
sino que florece. Que no domina, sino que acompaña. Que no representa, sino que
revela. En esta dialéctica del florecimiento, no se entiende solamente el
sentido metafórico de lo primaveral; lo que florece remite a una declaración
política y espiritual. En el Semillero en Literatura y Brujería, la literatura
ha sido ese espacio fértil donde se cultivan voces, se protegen fragilidades y
se celebran los misterios del lenguaje. Como en los antiguos oráculos, las
palabras han sido convocadas no para explicar el mundo de forma lineal, sino
para escuchar lo que en él permanece oculto, velado o en susurro. Desde esta
escucha oracular, el acto pedagógico se transforma en un rito de hospitalidad
con lo incierto, con lo no dicho, con lo por venir.
La literatura, al igual que los jardines de
Bachelard (1958), se convierte en un lugar de encuentro con lo inasible y lo
misterioso, invitándonos a pensar el espacio como un lugar de descubrimiento
personal, donde la imaginación puede florecer en su totalidad. El jardín, en
este sentido, se convierte en un espacio de plasticidad vital para pensar la
libertad de las ideas, los mundos posibles, y la capacidad del ser humano de
habitar nuevas realidades a través del lenguaje.
De este acontecer de sentido, la democracia,
entendida como pluralidad de mundos posibles y no como una formalidad
normativa, se ha encarnado en el tejido literario del semillero. Leer ha sido
escuchar en alteridad. Escribir ha sido abrirse a lo invisible. Pensar ha sido
caminar en compañía. Esta forma de habitar el lenguaje nos devuelve a Heidegger
cuando nos recuerda que el ser está en la casa del lenguaje, y que retornar a
él es volver al origen, pero no un origen clausurado ni reducido, sino uno que
se abre como una semilla a la pluralidad de la vida, desde lo pequeño,
misterioso y lleno de potencia germinativa, hasta lo exuberante que, envuelto
en ese misterio, revela su mensaje en el milagro del renacimiento,
En este sentido, la escoba y la varita mágica son
emblemas de una epistemología esculpida desde la práctica en la lentitud del
oficio, descubriendo que el saber no se impone, sino que se comparte y que la
técnica es también alma, así como el taller es una forma de pensar con las
manos y con el corazón. Por eso, la estrategia en la ligereza de la pluma ha
encarnado esa pedagogía de Hermes como el dios del cruce, del enigma, del
mensajero que no entrega respuestas, sino preguntas
que abren mundos.
Las palabras, así entendidas, no son signos vacíos,
sino umbrales desde los cuales se recomponen los relatos fragmentados, las
genealogías perseguidas. La brujería, en esta mirada, no es un fetiche, sino
una forma de resistencia simbólica, una mística del cuidado y una poética de lo
común.
En este jardín democrático que es la literatura,
florecen también las posibilidades de una pedagogía otra en la que incluye sin
absorber, se escucha sin clasificar, se enseña sin domesticar. Las mujeres que
corren con los lobos no huyen del bosque, sino que lo habitan; no temen a la
noche, sino que la iluminan desde el adentro en encuentro con el afuera del
amanecer. Así también ha sido el semillero, una travesía por lo inasible, lo
misterioso, lo negado, lo que ha producido conocimiento desde la experiencia,
la escritura y la acogida como política radical. De este modo, tanto María de
Nazareth, desde un silencio maternal que desafía el dogma, así como Anacaona,
desde la ceremonia ahogada en el fuego colonial, encarnan la lucha contra el
feminicidio en persecución de los saberes que recuerdan la democracia sensible,
la cual se construye cuando nos reconocemos en lo excluido.
En conclusión, este proceso formativo ha revelado
que el acto de investigar no es un ejercicio técnico ni un requisito académico,
sino una forma de preguntar por la vida. Que la literatura no solo se lee, sino
que se cultiva. Que el lenguaje no es solo comunicación, sino casa, jardín y
viaje. Que las pedagogías insurgentes y oraculares son necesarias para imaginar
mundos donde todas las voces y, de manera relevante, las que fueron y han sido
silenciadas, puedan florecer.
La literatura como jardín donde
florece la democracia
Si la brujería evoca el poder simbólico de lo
ancestral, la literatura nos permite cultivar ese símbolo en la tierra fértil
de la palabra. En el Semillero en Literatura y Brujería, hemos comprendido la
literatura como ese jardín donde se siembran metáforas, donde florecen
imaginarios y donde se cuida, con esmero, el derecho a decir y a ser dicho.
Este jardín no es un refugio de evasión, sino un espacio político, ético y
estético en el que la democracia se encarna como experiencia sensible.
La metáfora del jardín, presente en la obra de
Zambrano (2009) sugiere un orden no jerárquico, un entramado de relaciones
donde cada voz tiene lugar, donde la diferencia no es amenaza, sino riqueza.
Así como el jardín requiere tiempo, atención, cuidado y escucha de los ritmos
de la tierra, la democracia como práctica cultural exige apertura, conversación,
memoria y deseo de comunidad. En este sentido, leer literatura y sembrar
símbolos son gestos profundamente democráticos que invitan a la experiencia
compartida del leer como un buscar y del escribir como un sembrar; un acto de
restitución simbólica de voces silenciadas, de cuerpos negados, de genealogías
olvidadas. Cada texto leído ha sido una pequeña insurrección contra el olvido,
una semilla cultivada en el suelo fértil de la imaginación colectiva.
Pero más allá de los textos canónicos, ha sido en la
escritura propia donde esta metáfora ha cobrado sentido profundo. Escribir y
leer epístolas como un viajar por la eternidad en los ritmos de relatos de
sanación, poemas rituales y memorias encarnadas. En ese gesto de narrarse en
mismidad se encarna la otredad; se asume una identidad poética en subjetividad
política, la cual no se agota en la estructura lingüística, sino que se expande
en el símbolo, en el sueño, en la imagen, en al afuera de la contemplación y la
intención de comprensión del adentro.
Por todo lo anterior, escribir es también un acto de
hospitalidad, es abrir espacio en el lenguaje para la alteridad que transita la
palabra y también el silencio de lo innombrado.
Desde esta perspectiva, el semillero no ha sido solo
un espacio académico, sino, además, una comunidad simbólica, un jardín de
palabras donde las voces florecen sin necesidad de uniformidad. Una política
del símbolo que no impone, sino que invita; que no silencia, sino que escucha.
Aquí la literatura no se enseña como contenido muerto, sino que se cultiva como
práctica viva, como una forma de estar en el mundo. En este jardín, la
democracia no se declama, se encarna en cada gesto de lectura, en cada silencio
compartido, en cada historia que se ofrece como
semilla para la travesía narrativa.
Apreciaciones de cierre
El exordio de la brujería, a través de la
literatura, es un volver a los sonidos de antiguos oráculos donde se evoca el
femenino de la bruja en un portal de palabras que la reconocen como mensajera,
profeta, sanadora y subjetividad valiente. Recorrer, a través de la literatura
estas imágenes y semánticas femeninas, es también recuperar expresiones
maternales que tejen el encuentro en la alteridad vital que invita a navegar
por diferentes corrientes literarias del amor, tanto a la sabiduría como a las
palabras; corrientes que invitan a descifrar la profundidad del bosque y su
corazón salvaje entendido como locura (Colli, 1977)
En esta gestación acontece el brote de la flor; el
misterio de la vida que había permanecido oculto en una energía sagrada que se
mueve al interior de la tierra y entre los pliegues de un lenguaje místico y
mágico que parece bendecir en las poéticas del conjuro. Este devenir de
mensajes se expresa en la fertilidad simbólica como evocación oracular en impronta
de voces que han sido silenciadas y pasan a ser restauradas en el taller de las
metáforas, de cuyas artesanías, la palabra florece en una primavera democrática
cultivada en la pedagogía del embrujo, en cuya semántica, la belleza
resplandece y renueva los votos con la esperanza.
Sin duda, en el jardín literario ha florecido la
democracia como un territorio que integra las diversidades y pone en sonoridad
la pluralidad de voces y lenguas; es la cosecha en ceremonia de la paz al ser
guiada por el gesto del diálogo; es la narración intercultural que desafía las
fronteras y derriba los límites; cuestiona los dogmas y las plegarias binarias
y divisionistas; es la reivindicación del amor, donde las palabras son
guardianas de la sabiduría.
Esta ética del cultivo revela que la democracia, más
que un sistema, es una práctica cotidiana de hospitalidad con lo diverso;
Así, la literatura, en tanto pálpito de amor con la
palabra estética que deviene experiencia de reparación simbólica, puede
concebirse como un espacio donde la bruja y la humanidad dialogan; donde la
experiencia mítica y el deseo de justicia se abrazan. El jardín literario es el
espacio donde se resignifica la brujería como saber, donde la palabra se
convierte en medicina y donde la democracia florece no como sistema abstracto,
sino como una práctica sensible de convivencia, escucha y cuidado mutuo. La
escritura, entonces, no es solo técnica ni talento, sino forma de habitar
poéticamente el mundo.
En este sentido, la metáfora del jardín literario y
la brujería como práctica decolonial florecen la democracia como un territorio
que integra las diversidades y pone en sonoridad la pluralidad de voces y
lenguas. Este jardín no es un espacio estático, sino una cosecha en ceremonia
de la paz guiada por el diálogo; una narración intercultural que desafía
fronteras, derriba límites y cuestiona dogmas binarios. Aquí, las palabras se
erigen como guardianas de una sabiduría colectiva, donde el amor se reivindica
como acto político y poético.
De este modo, la literatura puede verse como el
afuera de la caverna que insinúa una luz donde los arquetipos tienen morada.
Descubrir el arquetipo de la bruja justifica este viaje por el lenguaje que se
disuelve en palabra evocada; palabra donde el silencio se nombra para que la
memoria se manifieste restaurando lo olvidado y prefigurando un devenir donde
la democracia se celebra en la diferencia. Tal como lo afirma Anzaldúa (2016),
este territorio alfabético es un refugio para lo negado, un acto de enunciación
que desafía la lógica colonial al reivindicar las voces fragmentadas como
semillas de un mundo plural.
El cultivo de este mundo es, quizá, la
representación de la primavera democrática que aún no ha acontecido como
experiencia material, pero que ha palpitado como semilla literaria en las voces
y silencios donde la brujería ha barrido lo que el olvido impone, y ha indicado
el horizonte de lo que debe recordarse.
Encontrar este espacio y tiempo de fertilidad tiene
su semejanza con la experiencia del taller que nos pone ante la posibilidad de
la belleza con todas sus formas y colores; es el descubrimiento de la metáfora
como metamorfosis; como disolución del lenguaje que posibilita la alteridad y,
con ella, la aparición del misterio, de la duda y de la fuerza sagrada que indaga
por la manifestación de lo divino plegado en los bordes de un lenguaje donde el
amor vuelva a ser el gesto que cuida de la vida.
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[5] Este artículo se deriva
del proyecto investigativo: Territorios oraculares: narrativas literarias y
prácticas hermenéuticas en el horizonte de la brujería, del semillero de
investigación: Literatura y Brujería del Tecnológico de Antioquia IU, en
vínculo con el semillero en Pensamiento Narrativo de la UdeA. Grupo de
investigación: Somos Palabra: Formación y Contextos.
[6] Doctora en Filosofía y docente
investigadora de la Universidad de Antioquia e Tecnológico
de Antioquia I.U. - Colombia; perteneciente al grupo de investigación
"Somos palabra". E-mail: claudia.arcila@udea.edu.co
[7] Profesor
de cátedra del Tecnológico de Antioquia IU. E-mail: bryan.londono@tdea.edu.co
[8] Estudiante. E-mail: david.sepulveda96@correo.tdea.edu.co